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lunes, 20 de junio de 2011
miércoles, 8 de junio de 2011
sábado, 4 de junio de 2011
Entradas en Italiano Io amo quel che ami tu.
Piangendo Francesco
disse un giorno a Gesù
Amo il sole,amo le stelle,
amo Chiara e le sorelle,
amo il cuore degli uomini,
amo tutte le cose belle.
O mio Signore,mi devi perdonare
perché te solo io dovrei amare.
Sorridendo il Signore
gli rispose cosi
Amo il sole,amo le stelle,
amo Chiara e le sorelle,
amo il cuore degli uomini,
amo tutte le cose belle.
O Francesco,non devi pianger più
perché io amo quel che ami tu.
miércoles, 25 de mayo de 2011
12 Vida de San Francesco Vamos a Roma
Éramos ya un grupito. El pueblo, la gente de los alrededores, nos apreciaban. Es más, el mismo obispo Guido, a cuya disposición y obediencia siempre estuvimos, nos aconsejaba y nos estimaba. Desde el primer momento en que el Señor me regaló al hermano Bernardo y luego nos enriqueció con otros "dones" de hermanos, intentamos formar una familia. Tarda mos un montón en encontrar el nombre apropiado para bautizar al grupo. A mí me decían que era de la familia de Pedro de Bernardone; a Bernardo, de la de Quintavalle...; pero lo que queríamos era dar un nombre propio a este nuevo nacimiento en la sociedad y en la Iglesia, a esta plantita que brotaba de nuestro querer seguir el santo evangelio y vivir juntos, como hermanos -en "fraternidad"-, el ideal evangélico y ponernos al servicio del pueblo en la Iglesia y desde la Iglesia. Después de estrujar y dar muchas vueltas a la cabeza, de habernos bautizado con diversos nombres, al final decidimos llamarnos Hermanos Menores.
Ésta fue la razón por la que nos encaminamos a Roma. Queríamos tener una entrevista con el papa Inocencio III, es decir, queríamos una audiencia para conocer el parecer personal del Pontífice, pues ya conocíamos el del obispo de Asís. Con él nos encontramos en Roma. Él había venido a sus asuntos, acaso problemas político-religiosos, pero quizá más políticos que religiosos. Nosotros veníamos, como digo, para pedir permiso al Papa para poder vivir esta "forma de vida" que habíamos elegido. No se lo habíamos comunicado al obispo Hugo.
Cuando nos vio en Roma se entristeció mucho, pues pensaba que abandonábamos su diócesis para ir a otras; tal era la estima que nos tenía. Al tener conocimiento del porqué de nuestra estancia en la Ciudad Eterna, se alegró y nos ayudó cuanto pudo, particularmente a través de su amigo el cardenal Juan de San Pablo, benedictino, obispo de Ostia, un buen hombre, un hombre de Dios, pero no muy abierto a los movimientos de entonces, acaso por las tensiones y rupturas que muchos de ellos habían hecho con la sociedad y con la Iglesia. Cuando nos oyó y se informó de nuestro propósito, a pesar de que nos insistió una y mil veces en que optásemos por una de las formas de vida tradicionales dentro de la Iglesia, y ver nuestra negativa y testarudez razonada, se hizo nuestro valedor ante Inocencio III.
También al Papa le costó mucho aprobar nuestra forma de vida evangélica, y eso que había abierto las puertas a muchos movimientos heréticos, logrando vivir el evangelio en la unidad y en la caridad. No me reveló la visión que tuvo, y que cuenta Celano, cuando en sueños vio a un pobre hombre sosteniendo la basílica de San Juan de Letrán, que se venía al suelo, y que luego Giotto pintó en la basílica Superior de Asís, como ya lo hubiese hecho el maestro de san Francisco en la Inferior. Pero sí que dije al Papa, en forma parabólica; que el Rey me había dicho que si quienes no viven según el evangelio comen de su mesa, más lógico es que lo hagan quienes son hijos suyos y viven según el evangelio.
Inocencio III estudió nuestra propuesta, deliberó con los cardenales; había entre ellos muchos reacios, por lo que nos hizo esperar un buen tiempo, que lo pasamos asistiendo a los enfermos en el hospital de San Antonio -de los Antoninos, lo llamaban-, cerca de San Juan de Letrán, y desempeñando otros trabajos manuales para ganarnos el sustento; hasta que, llamados de nuevo a su presencia, nos aprobó nuestro "propósito de vida" oralmente, y nos prometió muchos más favores para más adelante si tenía buenas noticias acerca de nosotros.
Esto es lo que queríamos. No pretendíamos de Inocencio III más que el "visto bueno" en esta nuestra andadura, y con su bendición, en la Iglesia y desde la Iglesia, vivir el evangelio para servicio al pueblo de Dios.
viernes, 18 de marzo de 2011
domingo, 20 de febrero de 2011
11 VIDA DE SAN FRANCESCO Los compañeros
Me sucedió, con motivo de haberme desheredado mi padre y el juicio público en la plaza del Obispado, que la mayoría del pueblo, amigos, conocidos y hasta quienes estaban de acuerdo con las ideas y principios de mi padre, al verme sin nada, sólo con el cobijo que te puede dar la tierra por somier y el cielo por techo, comenzó a recriminar a mi padre, unos en público, otros por lo bajines, apiadándose de mí y diciendo: "¡Qué va a ser de este mozuelo: mendigar le da miedo, cavar y trabajar no sabe; qué será de él!" Y decían verdad, porque ni yo sabía lo que iba a ser de mí. Sólo una cosa era cierta: quería realizarme entregándome a Dios y a los hermanos. Lo demás irá tomando forma con el tiempo, con el contacto de la vida, los consejos, la relectura del evangelio...
Yo, antes del suceso que reunió al pueblo ante el obispo Guido, ya me había hecho "donado" de la iglesita de San Damián, una especie de "penitente" de aquellos años, y como ellos comencé restaurando iglesias, trabajando con mis propias manos en otras faenas, animando a la gente con la que me encontraba o pasaba por San Damián, pidiendo limosna. Yo, que hasta poco antes daba limosna, me ponía a pedir cuando la necesidad apretaba a los leprosos, después de atenderles; precisaban de ella, pues también comen, se medican, visten...
Así fue transcurriendo el tiempo, y la gente no me había echado en olvido; todo lo contrario, me espiaba, cotilleaba sobre mi vida y comportamiento con los pobres, sobre todo con los leprosos... Como siempre sucede, había división de opiniones; algunos, aunque extrañados, me apoyaban; otros me detestaban como persona repelente por mi actitud hacia la tradición de los mayores; otros, en fin, se quedaban perplejos, sin decidirse ni en pro ni en contra...
Finalmente, un día (los detalles de estas cosas huyen y se olvidan, no el hecho) un caballero de Asís, persona de peso por su clase y por su vida, Bernardo de Quintavalle, después de haberme invitado muchas veces a su palacio, decidió venirse conmigo. Nunca había perdido mi amistad. Y se vino conmigo con todas las consecuencias de lo que esto comportaba: dejar todas las cosas, dárselo a los pobres, no dejarlo entre los familiares, porque entonces sería como no abandonarlo, y luego vivir los dos juntos, formando una familia, una fraternidad. Algunos años más tarde todavía nos llamaban y nos llamábamos los "Penitentes de Asís".
Poco después se nos unió el hermano Gil de Asís. Carecía de bienes, pero tenía y supo conservar la riqueza del trabajo de sus manos. También vinieron Pedro Cattani, un jurista, y un canónigo que estaba muy pegado al dinero; se acordaba de que algunas piedras que le compré no se las había pagado a su justo precio, y viéndome con Bernardo que repartíamos sus bienes a los pobres, me exigió lo que según él le debía; le pedí que metiese la mano en la faltriquera de Bernardo y cogiese lo que creía era suyo. Silvestre, éste era su nombre, lo hizo así. Cogió cuanto le cabía en las manos y se alejó. La conciencia no le dejaba tranquilo. Pensaba en ello y no podía olvidarse de nosotros. Así pasaron los días, hasta que, finalmente, también él se unió al grupo. Éramos una fraternidad pequeña. Siempre se comienza así.
Me había quedado solo, solo con el Padre del cielo, y abandonado de todos. Pero he aquí que mi vida, mi modo de ser, comenzó a poner en hervidero a los de mi pueblo y a los pueblos vecinos, y así fue como otros muchos, como "don" del Señor, vinieron a unirse a nosotros.
Cuando éramos pocos, queríamos darnos unas normas sacadas del evangelio, y fueron éstas: seguir a Jesús; ser pobres y servidores; anunciar el evangelio; trabajar con nuestras manos y formar fraternidad, orar con la Iglesia... Y con estos elementos intentamos realizar nuestra vida.
viernes, 18 de febrero de 2011
10 VIDA DE SAN FRANCESCO El Cristo que me habló
Fue poco antes de comenzar a trabajar como albañil. Estaba de rodillas, meditando, mirándome a mí mismo con los ojos interiores, los que contemplan lo que somos, las obras, pensamientos, omisiones..., indescifrables a los ojos de los demás; de vez en cuando elevaba la mirada exterior a la cruz que presidía la iglesia de San Damián, ante la que yo me encontraba de hinojos, cuando de pronto sentí aquellas palabras que tantas veces has oído o leído: "¡Francisco, ve y repara mi casa, pues, como ves, amenaza ruina!" Yo, ni corto ni perezoso, comencé a trabajar, como dije antes, con la paleta de albañil, y a colocar piedras que ocultasen los huecos o unir lo resquebrajado... Pero, de pronto, me di cuenta, pasado un tiempo y tras haberme confiado a otras personas, que la Iglesia era más que las ermitas de San Damián, San Pedro de la Espina, la Porciúncula... No quiero decir que abandonase la albañilería, el continuar reparando iglesitas en mal estado y casi abandonadas, no, sino que, como digo, me di cuenta de que el rostro de Jesús, ese Jesús que me miraba desde la cruz, era más vivo, más latente, más dialogante; que la Iglesia tenía un cuerpo, el de los hombres, y los hombres un rostro, el de Cristo. 


Desde este momento intenté encontrarme con la Iglesia y con los hombres, viendo en ellos el rostro de Jesús. Y comencé a aclararme las ideas y, al lado de los hombres, de la Iglesia que vive cada día, que sufre y que duda, comencé a sentir cercano al Cristo de San Damián, muerto, pero resucitado y ascendiendo por encima del círculo que hay en lo alto de la cruz damianita y que son las limitaciones de nuestra humanidad; lo vi muerto, pero resucitado en el leproso particularmente.
Hasta entonces siempre había intentado huir de su encuentro, aunque a veces, por necesidad, al ir a algunas de las tierras paternas, tenía que pasar cerca de alguna leprosería. Ahora, sin embargo, comprendí que "lo que hagáis a uno de mis hermanos pequeños, menores, a mí me lo hacéis". Comprendí también que el leproso y Jesús tenían mucho en común: condenado a muerte en una condena realizada fuera de la ciudad, fuera de la convivencia social. A ambos, a Jesús y al leproso, había alguien que les amaba: Dios, porque el leproso había sido también capaz de cargar con el pecado propio, a veces demasiado pequeño o nulo, soportando la lepra, y con el ajeno, al llevar sobre sí el gran pecado de la injusticia social.
Desde este momento me acerqué a los leprosos. No era para curarlos milagrosamente; tampoco Jesús lo hizo siempre. Comprendí que la lepra, como las demás enfermedades, son hermanas de nuestra naturaleza, forman fraternidad con nuestra hermana la muerte corporal. Nos dicen lo que somos: mortales. Pues bien, me acerqué a ellos para curarlos como a hermanos, como al Cristo de San Damián, pero en vivo, no sobre tabla en yeso y colores. Y tuve la gran suerte de comprender que el amor es el motor del evangelio, el corazón de la Iglesia y de la sociedad, el único capaz de crear la paz del espíritu, la paz interior y exterior, la fraternidad, la cercanía, la convivencia -también con los leprosos-, la vida... En mi propia cercanía al leproso comenzó el gran milagro: en mí, la conversión, y en ellos, la sonrisa que brota del amor
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